Una pena negarse a uno mismo lo evidente.
-Tú. No. Me. Vas. A. dejar. –Sus ojos ardían, más brillantes de lo que nunca había visto, como llamas azules.
-Ian. –Susurré-, tienes que entenderlo… No me puedo quedar. Tienes que entenderlo.
-¡No!-gritó.
Salté hacia atrás y, bruscamente, él se echó hacia delante, de rodillas, hacia mí. Enterró la cabeza en mi estómago y me rodeó la cintura con los brazos. Temblaba violentamente, con grandes sacudidas, mientras unos sollozos desesperados rasgaban su pecho.
-No, Ian, no –le supliqué. Eso era mucho peor que su ira-. Por favor, no. Por favor.
-¡Wanda!-gimió.
(…)
-Pero yo te quiero-susurró-. ¿Eso no importa?
-Claro que importa. Y mucho, ¿no lo ves? Eso sólo lo hace… más necesario.
Sus ojos se abrieron como platos.
-¿Es tan insoportable que te quiera tanto? ¿Es eso? Puedo mantener la boca cerrada, Wanda. No volveré a decir nada más. Puedes quedarte con Jared, si eso es lo que quieres. Quédate con él.
(…)
-No llores, Wanda, no llores. Te quedas conmigo.
-Ocho vidas completas-susurré contra su mandíbula con la voz rota-. Ocho vidas completas y nunca encontré a nadie por quien quedarme.
-El universo es extraño-murmuró.
-No es justo.
(…)
-Te quiero-susurré.
-No lo digas como si te estuvieras despidiendo

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